domingo, 31 de mayo de 2026

Art 358 - El temor de los Gobiernos ante el poder de las Big Tech

 

Núm. 358 junio 2026 - La Gaceta del Taxi

 

358 - El temor de los Gobiernos ante el poder de las Big Tech

 

Durante años, gobiernos, políticos, juristas y actores económicos defendieron que la innovación tecnológica debía desarrollarse sin trabas. La tecnología era presentada como una fuerza inevitable y beneficiosa que llegaba para quedarse, siendo necesario no poner puertas al campo y permitiendo que dicha innovación evolucionara libremente, (eslogan que durante mucho tiempo se inyectó en la sociedad, como corriente única de opinión).

Dejaron que su irrupción creciera libremente sin ataduras en todos los campos, que hoy perciben con cierto temor. Se manifiesta no solo por la posible pérdida de soberanía informativa, sino ante la percepción de que estas infraestructuras privadas amenacen la soberanía nacional, la democracia, la seguridad ciudadana polarizando la sociedad y el orden político establecido entre otras muchas situaciones más.

El paso del tiempo ha revelado una realidad más compleja. Hoy muchos Estados observan con preocupación cómo las grandes corporaciones tecnológicas y la inteligencia artificial (IA) han acumulado una capacidad de influencia que trasciende el ámbito económico alcanzado dimensiones políticas, sociales y geopolíticas. Entienden que las megacorporaciones tecnológicas "Big Tech y la inteligencia artificial (IA)”, han adquirido demasiado poder, aumentando la batalla por liderar esta nueva era que intensifica a su vez, en una inquietud propia de los inversores que empiezan a preguntarse si el verdadero negocio ya no está en las plataformas digitales, sino en las fábricas capaces de producir los chips que alimentan toda la revolución de la inteligencia artificial, cuyo resultado de ello, posiblemente que sea uno de los mayores desafíos geopolíticos y sociales jamás visto.

Los Estados observan como las megacorporaciones tecnológicas (“Big Tech”), ya no controlan únicamente mercados, también gestionan infraestructuras estratégicas y esenciales, centros de datos masivos, sistema de computación en la nube, sistemas de comunicación, modelos fundacionales y algoritmos de decisión para el funcionamiento de las sociedades modernas que les otorgan una capacidad de influencia sin precedentes. El riesgo percibido Poder Político, es que estas empresas condicionen decisiones económicas, sociales e incluso políticas por encima de la capacidad reguladora de los propios Estados. Esta concentración de poder ha abierto un pulso cada vez más visible entre los Estados y las grandes tecnológicas, entre la regulación estatal y el control algorítmico de las grandes tecnológicas.

El uso masivo de algoritmos en las redes sociales para seleccionar contenidos, dirigir mensajes y segmentar audiencias ha abierto un intenso debate sobre su influencia en la opinión pública. La capacidad de estas plataformas para amplificar determinados discursos, favorecer la polarización o influir “supuestamente” en procesos electorales genera una creciente inquietud entre los gobiernos. Por ello, muchos consideran que los algoritmos pueden convertirse en auténticas herramientas de "polarización masiva", capaces de alterar el equilibrio político y social de los países.

Una realidad que en todas partes del mundo se repite los mismos reproches a los cibercolosos que dominan la economía mundial, ya se trate de las mencionadas compañías asiáticas, o de las estadounidenses o, de cualquier otro país. Se denuncia que, magnates tecnológicos operan sin límites claros anteponiéndose a los intereses generales, situación que genera una gran preocupación por cómo los algoritmos de las redes sociales y la Inteligencia Artificial que dependen de grandes volúmenes de datos, se convierten en un importante activo estratégico, pudiendo manipular el discurso público, sesgar información, desestabilizar sistemas democráticos. Por tanto, los gobiernos, se están empezando a centrar en cómo hacer frente a todo esto, intentando no ceder terreno ni competencias políticas que puedan desestabilizar un país.

Esta dependencia ha impulsado a numerosos países a desarrollar estrategias para reducir su vulnerabilidad, ya sea mediante nuevas regulaciones, el impulso de tecnologías propias o la búsqueda de alianzas estratégicas que refuercen su autonomía tecnológica y geopolítica. Existe también una preocupación por la estabilidad democrática. El uso de algoritmos para seleccionar contenidos, segmentar audiencias y amplificar mensajes, ha generado un intenso debate sobre su capacidad para influir en la opinión pública, favorecer la polarización y alterar procesos electorales. A ello se suma una creciente dependencia tecnológica que afecta a la economía, las comunicaciones y la seguridad nacional. Ahora está claro que esa posible falta de competencia política debería de poner fin al privilegio de poder que han adquirido las grandes corporaciones” comentó a la BBC Mundo - Charlotte Slaiman, directora de Política de Competencia en la organización estadounidense Public Knowledge (Conocimiento Público)”.

Paradójicamente, mientras aumenta esta preocupación, las grandes potencias de primera línea (EE.UU y China), han reforzando sus vínculos con las empresas que lideran el desarrollo de la inteligencia artificial. La razón es sencilla: la IA se ha convertido en un activo estratégico de primer orden. Quien domine esta tecnología dispondrá de ventajas decisivas en la economía, la defensa, la seguridad y la capacidad de influencia global.

Por ello, algunos analistas sostienen que existe una relación de dependencia mutua entre Estados y plataformas tecnológicas. Los gobiernos necesitan la capacidad innovadora de estas empresas para competir en la carrera tecnológica mundial, mientras que las corporaciones requieren entornos regulatorios favorables para expandirse sin ataduras. Este equilibrio explica, en parte, la rápida expansión de las plataformas digitales en sectores como la movilidad, el comercio, la comunicación o el consumo.

La inteligencia artificial ha dejado de ser únicamente una herramienta tecnológica para convertirse en una infraestructura de poder. El debate ya no gira exclusivamente en torno a la innovación o a los beneficios económicos de la digitalización. La cuestión fundamental es quién ejercerá el control efectivo sobre los datos, los algoritmos y las infraestructuras que determinarán el funcionamiento de las sociedades del siglo XXI. Porque quien controle la inteligencia artificial no solo controlará una tecnología: controlará una parte esencial del poder económico, político y estratégico del futuro.

Aprovecho para aclarar que mi posición nunca ha sido contraria a la innovación tecnológica. Sería absurdo negar los avances que la digitalización, las aplicaciones móviles, la geolocalización, los sistemas de pago electrónico o, más recientemente, la inteligencia artificial ha aportado a la sociedad y al propio sector del transporte. El taxi también ha incorporado tecnología, ha modernizado sus servicios y ha sabido adaptarse a muchas de las transformaciones digitales de las últimas décadas. Y eso que ha existido un supuesto juego sucio, porque mi discrepancia no radica en la tecnología en sí misma, sino en la forma en que determinadas plataformas disruptivas irrumpieron en actividades económicas fuertemente reguladas y sostenidas, en gran medida, por trabajadores autónomos. Mientras el sector del taxi estaba compuesto mayoritariamente por pequeños empresarios que asumían directamente los riesgos de su actividad, surgieron nuevos operadores respaldados por grandes fondos de inversión y abundante capital financiero capaces de soportar pérdidas durante años con el objetivo de conquistar cuota de mercado.

Por consiguiente, no cuestiono la innovación. No cuestiono la digitalización. No cuestiono la mejora tecnológica de los servicios. Cuestiono que estos actores compitan bajo unas reglas con alfombra roja. Cuestiono que actividades sustentadas por autónomos deban enfrentarse a operadores respaldados por grandes fondos de inversión capaces de asumir pérdidas prolongadas para conquistar mercados.

El debate, por tanto, no es tecnología frente a tradición. El verdadero debate es si la innovación debe desarrollarse respetando las mismas reglas para todos los actores o si, por el contrario, puede utilizarse como instrumento para alterar unilateralmente las condiciones de competencia en beneficio de quienes disponen de mayores recursos económicos y financieros. Este es el dilema, donde el Poder Judicial se tendrá que pronunciar.

Cita: Si el poder público, cede dejando de marcar las reglas, el algoritmo es quien gobierna sin rendir cuentas. Manu Sánchez. (1244)

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