360 agosto 2026 - La Gaceta del Taxi
El pacto silencioso, una gran
alianza entre
los Estados y las Big Tech
Los gobiernos se
enfrentan a estructuras económicas transnacionales capaces de condicionar
decisiones políticas, situación que los deja atrapados entre la necesidad de
fomentar la IA para la competitividad económica y el miedo a perder el
control soberano frente a las grandes tecnológicas.
El
riesgo es evidente: que la dependencia estratégica de la IA, con el paso de los
años, terminé otorgando a estas corporaciones un poder estructural difícil de
limitar incluso para los propios Estados, al existir la posibilidad de
concentrar un poder sin precedentes en manos de actores capaces de controlar
datos, algoritmos, infraestructuras y decisiones automatizadas.
En este escenario,
el nuevo pacto entre los Estados y las plataformas tecnológicas, se asume como
una especie de intercambio tácito, siendo los
gobiernos de los Estados Unidos y de China,
quienes están impulsando políticas nacionales con un objetivo muy definido, para
promover y potenciar el desarrollo de la inteligencia artificial (IA).
En el caso de los
EE.UU., la era Trump formalizó varios decretos u órdenes ejecutivas, con el objetivo
en avanzar y adelantarse a China, potenciando todas aquellas empresas de origen
estadounidense, tanto en semiconductores como en facilitar la exportación de
los microchips y de los modelos de inteligencia artificial a naciones amigas de
los Estados Unidos, por ejemplo, a naciones de la Unión Europea.
Según
Alden Abbott, investigador principal en el Centro de la Universidad
George Mason, tanto Estados Unidos como China,
presentan enfoques contrapuestos. Los Estados Unidos, bajo su “fórmula
secreta” con el plan de acción sobre IA, anunciado
por la Casa Blanca, pretenden lograr el poder global, adecuando un
enfoque desregulador que impulse la innovación construyendo una infraestructura
que pueda exportarse al extranjero, mientras que el plan del gobierno chino, propone una organización global para la
creación de consenso que busque un equilibrio entre el desarrollo de la IA y
la seguridad, intentando regular la IA de forma interactiva y estricta
(algoritmos, deepfakes) para asegurar que se alinee con los valores
estatales y mantenga la seguridad nacional. Estas dos potencias, invierten
extraordinarias cantidades económicas a sus megacorporaciones tecnológicas, porque
temen más a que el rival domine la tecnología que, a los
riesgos de la IA.
La
carrera entre ambas potencias está impulsando el desarrollo sin regulación de
herramientas revolucionarias como ChatGPT, que también amenazan con
nuevos modelos de desinformación masiva.
Según Thomas L.Friedman columnista de
opinión del The New York Times,
se entiende perfectamente las
extraordinarias ventajas económicas, militares y de innovación que obtendría el
país cuyas empresas alcancen primero la superinteligencia artificial. Y es por
eso, que ni Estados Unidos ni China estarán dispuestos a imponer muchas restricciones, o ninguna, que puedan frenar sus
industrias de IA y renunciar a las enormes ganancias de productividad,
innovación y seguridad que se esperan de un despliegue más profundo.
En este nuevo escenario, el poder geopolítico ante
el temor de la pérdida de soberanía informativa por la gran capacidad de las
plataformas para reconfigurar el escenario político y social, parece asumir una especie de intercambio tácito: apoyo
estratégico y margen de maniobra para las corporaciones digitales a cambio de
obtener la supremacía tecnológica
(computación, la nube, la ciberseguridad y la innovación militar). Entienden
que, han tensionado los cimientos mismos de la soberanía
política. Por consiguiente, los gobiernos ya no regulan en un terreno propio,
sino en uno compartido con actores globales capaces de condicionar decisiones
públicas, movilizar usuarios y reconfigurar mercados a su conveniencia.
Así,
el poder deja de residir exclusivamente en las instituciones y se desplaza
hacia plataformas que controlan datos, precios y flujos de movilidad. No es
solo una cuestión de mercado, sino de quién define las reglas del juego. Y en
ese escenario, la política ya no decide en solitario: negocia, cede o se
adapta, evidenciando una pérdida progresiva de capacidad real para ordenar la
economía en función del bien común.
Por
tanto, ese “cambio de cromos” explicaría por
qué muchas plataformas han podido expandirse tan rápidamente durante años consolidando
su influencia económica y social, ampliando progresivamente su capacidad de
intervención sobre actividades que antes estaban bajo mayor control público. Es
decir, sobre sectores sensibles como pueden ser, en el área de la movilidad y el
transporte, el comportamiento de la sociedad y su opinión, el trabajo, las
decisiones automatizadas, la economía digital, los datos personales y el
consumo, con regulaciones tardías, ambiguas o insuficientes.
Aunque,
el verdadero riesgo no es únicamente tecnológico y
económico sobre los mercados, sino esa pérdida de poder político, que dejen a
los gobiernos atrapados en esa mezcla de dependencia, presión económica y
dificultad regulatoria generada por las megacorporaciones y, donde el
desarrollo de la IA termine consolidando un nuevo modelo de poder
absoluto sustentado en algoritmos, automatización y control masivo de la
información. No,
quiero decir, que las empresas tecnológicas quieran dar un “golpe de Estado”
tradicional, sino más bien, es la construcción en paralelen en la
infraestructura sobre la cual los Estados funcionan.
Por consiguiente, el debate ya no gira únicamente en torno a la
innovación o, a los beneficios económicos de la digitalización. La verdadera
cuestión es determinar quién ejercerá el control efectivo sobre las
infraestructuras, los datos y los algoritmos que definirán el funcionamiento de
las sociedades del siglo XXI. Por eso, conciben que las alianzas con las
megacorporaciones corporaciones, no es una carrera tan solo tecnológica,
sino más bien, es una carrera espacial por obtener el poder mundial, porque de
lo contrario, la inacción equivaldría a perder soberanía
En
resumen, la IA ya
no representa únicamente un avance tecnológico, representa la posibilidad de
concentrar un poder sin precedentes en manos de actores capaces de controlar
datos, algoritmos, infraestructuras y decisiones automatizadas. Nunca antes en
la historia, unas corporaciones privadas habían acumulado tanta capacidad de
influencia sobre la economía, la política y el comportamiento humano.
Por eso, la verdadera pregunta ya no es quién desarrollará la mejor inteligencia artificial, sino quién terminará gobernando a quién. ¿Serán los Estados quienes impongan las reglas a las plataformas, o serán las plataformas las que, gracias a su dominio tecnológico, condicionen cada vez más las decisiones de los propios Estados?
Posiblemente esa
respuesta ya haya comenzado a escribirse.
Es mi opinión una opinión más.
Continuará.
Cita: Mientras las megacorporaciones dictan las normas éticas de la IA, los
Estados simplemente intentan copiarlas en sus leyes para facilitarlas el
camino. Manu Sánchez Centésima tercera entrega (27 de julio del 2026) - (1061)