domingo, 28 de junio de 2026

Art 359 - Por qué los gobiernos impulsan la IA

 

359 julio 2026 - La Gaceta del Taxi

 

¿Por qué los gobiernos impulsan la IA si saben que las Big Tech acumulan demasiado poder?

El gran poder adquirido por las Big Tech, ha generado cierto temor en los diferentes gobiernos del mundo, sin embargo, las principales potencias (EE.UU y China) se posicionan con la IA, consolidando ciertos acuerdos. ¿Pero, por qué los gobiernos fortalecen a quienes más temen? ¿Cuál sería su sentido?

La Inteligencia Artificial (IA), se considera una "tecnología de propósito general" que impregna a todos los sectores económicos y en la propia sociedad, encontrándonos con su principal amenaza que radica en su capacidad de automatización masiva, donde los riesgos asociados son aún mayores: decisiones automatizadas sin principios éticos claros, pérdida progresiva de privacidad, ciberataques autónomos y una creciente dependencia tecnológica de sistemas que escapan al control de los gobiernos y de sus ciudadanos.

Las grandes megacorporaciones tecnológicas controlan los recursos computacionales, los centros de datos masivos y el hardware (chips) necesarios para entrenar la IA. Este control sobre la infraestructura les otorga la capacidad de moldear las narrativas globales, decidir qué información priorizar y establecer los estándares tecnológicos que rigen la sociedad. Lejos de ser neutral, es un instrumento estratégico que concentra el control económico, cultural y militar en manos de un puñado de gigantes tecnológicos que están redibujando el tablero geopolítico global. 

El poder de las megacorporaciones dueños de la IA, ha trascendido el ámbito corporativo para convertirse en una tecnología de doble uso. Mientras muchos de los países encontrándose en una encrucijada digital, debaten sus consecuencias sociales y laborales, cediendo espacio ante las reglas de juego establecidas por las megacorporaciones extranjeras. Sin embargo, tanto EE. UU. como China, aunque sea una paradoja, potencian la IA, argumentando que se debe a una competencia geopolítica, contemplándola desde una perspectiva estratégica y militar. Han entendido que es mejor negociar con las Big Tech para alinearse a esta poderosa arma. Empresas líderes en el sector, han forjado alianzas y multimillonarios contratos con potencias mundiales para el desarrollo de software, defensa nacional y tecnología militar autónoma.

La carrera por dominar la Inteligencia Artificial se considera ya un punto de inflexión, por eso, EE.UU piensan que es mejor ser un gobierno con menos poder frente a una App nacional que un gobierno derrotado por una potencia extranjera. Es decir, prefieren un gigante tecnológico local poderoso, al que pueden intentar regular o multar según a los acuerdos llegados, que depender de un gigante extranjero al que no pueden tocar, porque ha entendido algo que es clave, quien controle la IA más avanzada no solo dominará mercados, la economía, los datos o infraestructuras, sino también la capacidad de anticipación, vigilancia y decisión en conflictos futuros, controlará poder, la economía, la defensa y la seguridad militar del futuro y la capacidad global de influencia.

En todo este nuevo laberinto, parece ser que todo tiene que tener una lógica, ya sea racional o irracional que fuerzan a un nuevo Orden Internacional. Los EE.UU siempre está ojo avizor temiendo que China se adelante en la carrera de la inteligencia artificial. Esa preocupación es un hecho real desde el momento que DeepSeek, empresa china de IA, desplomase las acciones de las bigtechs americanas. Mientras que China advierte que el uso desmedido por parte de EE. UU. (ej. uso de armas autónomas en el ámbito militar), sería muy peligroso, porque podría derivar en un escenario fuera de control que cuestiona la estrategia tecnológica del gobierno americano.

Sin embargo, ambos países buscan integrar la IA en sus fuerzas armadas para ganar ventaja. Buscan la superioridad geopolítica y militar, insistiendo Pekín en mantener la supervisión humana directa sobre los sistemas armados y denuncia el riesgo para la soberanía global.

Si un gobierno frena a sus propias empresas por miedo a perder poder, y su rival (digamos, China frente a EE. UU., o viceversa) no lo hace, el país que puso freno se vuelve tecnológicamente dependiente, lo que es igual a pérdida de soberanía. Un ejemplo más cercano, si Europa no desarrolla su propia infraestructura de IA, acabará pagando "impuestos digitales" perpetuos a quien sí la tenga y aceptando sus reglas morales y políticas integradas en el software.

Ambas potencias compiten a través de sus empresas tecnológicas nacionales para influir en los estándares globales y establecer su liderazgo en aplicaciones que van desde consumo hasta herramientas industriales y militares.

Aunque estos gobiernos temen perder control ante las plataformas tecnológicas, ven a la IA como extensiones del Estado adquiriendo una herramienta de gestión y supervisión.  Tanto EE.UU como China, mantienen la idea que, la IA no es solo tecnología, sino más bien, una carrera espacial por la conquista de tecnologías claves, pues la potencia que tenga la ventaja sobre sus competidores, gozará de tiempo y aplicaciones que pudieran ser cruciales para tener mayor influencia sobre el concierto internacional. Saben que la inacción equivale a perder soberanía nacional, algo por lo que no están dispuestos a renunciar. Estas potencias creen que la IA como nuevo sistema operativo del Estado, les devolverá eficiencia, no solo que se la quitará: prometen mejorar la recaudación de impuestos, optimizar la red eléctrica o detectar fraudes entre otros asuntos más, generando un espejismo al creer que, si controlan la regulación de la IA, podrán "domar" a las plataformas. Es una apuesta arriesgada: intentan construir una jaula legal, como la Ley de IA de la UE, mientras alimentan a la bestia para que crezca.

Por tanto, la regla general de los países, no me resulta extraño que hayan optado por estrechar vínculos y ceder ciertas competencias en otros ámbitos y sectores económicos con las grandes plataformas tecnológicas. De hecho, muchos analistas consideran que existe una especie de “pacto implícito” entre los gobiernos y las corporaciones tecnológicas: los Estados necesitan el potencial estratégico de la Artificial Intelligence y las plataformas necesitan marcos regulatorios flexibles para expandirse por el mundo sin problemas.

Desde “mi opinión, una opinión más”, entiendo que sería un suicidio político a cámara lenta, aunque para los gobiernos sea una cuestión de "mal menor". No es que no vean el riesgo de perder poder ante las empresas tecnológicas (Big Tech); es que el riesgo de perder ante un país rival les da mucho más pánico. Y aquí se encuentra "el quid de la cuestión".  Además, por otro lado, me parece un contrasentido que los gobiernos de los EE.UU y de China, estén apoyando todo esto por una cuestión geopolítica, a sabiendas que podrían perder poder a favor de las Plataformas digitales. Temer ante el poder adquirido por estas megacorporaciones, se ha convertido en una obsesión psicopolítica, al pensar que la principal amenaza de la IA radica en su poder de automatización a gran escala, encontrando su explicación por una competencia geopolítica extrema. Y para no perder el poder geopolítico militar del siglo XXI sobre otras potencias, han preferido aliarse con las plataformas que ostentan el dominio y el poder de la Artificial Intelligence.  

La revolución tecnológica no está transformando únicamente la economía; está modificando el equilibrio histórico entre el poder político, el poder económico y la soberanía de los Estados

Por consiguiente, ¿Qué están obteniendo los gobiernos a cambio de dejar crecer a las plataformas? ¿Se podría dar el caso que, se llegue a un punto donde las empresas tecnológicas tengan más influencia real en la vida de la gente que los propios gobiernos? O, ¿quizás suponga adquirir plenamente un poder geopolítico internacional?

Posiblemente que sean preguntas que para muchos expertos piensen que esos puntos ya han llegado de forma silenciosa. Continuará.

Cita: La inteligencia artificial, se ha convertido en la herramienta de poder más determinante del siglo XXI. Manu Sánchez.  Centésima segunda entrega (27 de junio del 2026)  -  (1268)

domingo, 31 de mayo de 2026

Art 358 - El temor de los Gobiernos ante el poder de las Big Tech

 

Núm. 358 junio 2026 - La Gaceta del Taxi

 

358 - El temor de los Gobiernos ante el poder de las Big Tech

 

Durante años, gobiernos, políticos, juristas y actores económicos defendieron que la innovación tecnológica debía desarrollarse sin trabas. La tecnología era presentada como una fuerza inevitable y beneficiosa que llegaba para quedarse, siendo necesario no poner puertas al campo y permitiendo que dicha innovación evolucionara libremente, (eslogan que durante mucho tiempo se inyectó en la sociedad, como corriente única de opinión).

Dejaron que su irrupción creciera libremente sin ataduras en todos los campos, que hoy perciben con cierto temor. Se manifiesta no solo por la posible pérdida de soberanía informativa, sino ante la percepción de que estas infraestructuras privadas amenacen la soberanía nacional, la democracia, la seguridad ciudadana polarizando la sociedad y el orden político establecido entre otras muchas situaciones más.

El paso del tiempo ha revelado una realidad más compleja. Hoy muchos Estados observan con preocupación cómo las grandes corporaciones tecnológicas y la inteligencia artificial (IA) han acumulado una capacidad de influencia que trasciende el ámbito económico alcanzado dimensiones políticas, sociales y geopolíticas. Entienden que las megacorporaciones tecnológicas "Big Tech y la inteligencia artificial (IA)”, han adquirido demasiado poder, aumentando la batalla por liderar esta nueva era que intensifica a su vez, en una inquietud propia de los inversores que empiezan a preguntarse si el verdadero negocio ya no está en las plataformas digitales, sino en las fábricas capaces de producir los chips que alimentan toda la revolución de la inteligencia artificial, cuyo resultado de ello, posiblemente que sea uno de los mayores desafíos geopolíticos y sociales jamás visto.

Los Estados observan como las megacorporaciones tecnológicas (“Big Tech”), ya no controlan únicamente mercados, también gestionan infraestructuras estratégicas y esenciales, centros de datos masivos, sistema de computación en la nube, sistemas de comunicación, modelos fundacionales y algoritmos de decisión para el funcionamiento de las sociedades modernas que les otorgan una capacidad de influencia sin precedentes. El riesgo percibido Poder Político, es que estas empresas condicionen decisiones económicas, sociales e incluso políticas por encima de la capacidad reguladora de los propios Estados. Esta concentración de poder ha abierto un pulso cada vez más visible entre los Estados y las grandes tecnológicas, entre la regulación estatal y el control algorítmico de las grandes tecnológicas.

El uso masivo de algoritmos en las redes sociales para seleccionar contenidos, dirigir mensajes y segmentar audiencias ha abierto un intenso debate sobre su influencia en la opinión pública. La capacidad de estas plataformas para amplificar determinados discursos, favorecer la polarización o influir “supuestamente” en procesos electorales genera una creciente inquietud entre los gobiernos. Por ello, muchos consideran que los algoritmos pueden convertirse en auténticas herramientas de "polarización masiva", capaces de alterar el equilibrio político y social de los países.

Una realidad que en todas partes del mundo se repite los mismos reproches a los cibercolosos que dominan la economía mundial, ya se trate de las mencionadas compañías asiáticas, o de las estadounidenses o, de cualquier otro país. Se denuncia que, magnates tecnológicos operan sin límites claros anteponiéndose a los intereses generales, situación que genera una gran preocupación por cómo los algoritmos de las redes sociales y la Inteligencia Artificial que dependen de grandes volúmenes de datos, se convierten en un importante activo estratégico, pudiendo manipular el discurso público, sesgar información, desestabilizar sistemas democráticos. Por tanto, los gobiernos, se están empezando a centrar en cómo hacer frente a todo esto, intentando no ceder terreno ni competencias políticas que puedan desestabilizar un país.

Esta dependencia ha impulsado a numerosos países a desarrollar estrategias para reducir su vulnerabilidad, ya sea mediante nuevas regulaciones, el impulso de tecnologías propias o la búsqueda de alianzas estratégicas que refuercen su autonomía tecnológica y geopolítica. Existe también una preocupación por la estabilidad democrática. El uso de algoritmos para seleccionar contenidos, segmentar audiencias y amplificar mensajes, ha generado un intenso debate sobre su capacidad para influir en la opinión pública, favorecer la polarización y alterar procesos electorales. A ello se suma una creciente dependencia tecnológica que afecta a la economía, las comunicaciones y la seguridad nacional. Ahora está claro que esa posible falta de competencia política debería de poner fin al privilegio de poder que han adquirido las grandes corporaciones” comentó a la BBC Mundo - Charlotte Slaiman, directora de Política de Competencia en la organización estadounidense Public Knowledge (Conocimiento Público)”.

Paradójicamente, mientras aumenta esta preocupación, las grandes potencias de primera línea (EE.UU y China), han reforzando sus vínculos con las empresas que lideran el desarrollo de la inteligencia artificial. La razón es sencilla: la IA se ha convertido en un activo estratégico de primer orden. Quien domine esta tecnología dispondrá de ventajas decisivas en la economía, la defensa, la seguridad y la capacidad de influencia global.

Por ello, algunos analistas sostienen que existe una relación de dependencia mutua entre Estados y plataformas tecnológicas. Los gobiernos necesitan la capacidad innovadora de estas empresas para competir en la carrera tecnológica mundial, mientras que las corporaciones requieren entornos regulatorios favorables para expandirse sin ataduras. Este equilibrio explica, en parte, la rápida expansión de las plataformas digitales en sectores como la movilidad, el comercio, la comunicación o el consumo.

La inteligencia artificial ha dejado de ser únicamente una herramienta tecnológica para convertirse en una infraestructura de poder. El debate ya no gira exclusivamente en torno a la innovación o a los beneficios económicos de la digitalización. La cuestión fundamental es quién ejercerá el control efectivo sobre los datos, los algoritmos y las infraestructuras que determinarán el funcionamiento de las sociedades del siglo XXI. Porque quien controle la inteligencia artificial no solo controlará una tecnología: controlará una parte esencial del poder económico, político y estratégico del futuro.

Aprovecho para aclarar que mi posición nunca ha sido contraria a la innovación tecnológica. Sería absurdo negar los avances que la digitalización, las aplicaciones móviles, la geolocalización, los sistemas de pago electrónico o, más recientemente, la inteligencia artificial ha aportado a la sociedad y al propio sector del transporte. El taxi también ha incorporado tecnología, ha modernizado sus servicios y ha sabido adaptarse a muchas de las transformaciones digitales de las últimas décadas. Y eso que ha existido un supuesto juego sucio, porque mi discrepancia no radica en la tecnología en sí misma, sino en la forma en que determinadas plataformas disruptivas irrumpieron en actividades económicas fuertemente reguladas y sostenidas, en gran medida, por trabajadores autónomos. Mientras el sector del taxi estaba compuesto mayoritariamente por pequeños empresarios que asumían directamente los riesgos de su actividad, surgieron nuevos operadores respaldados por grandes fondos de inversión y abundante capital financiero capaces de soportar pérdidas durante años con el objetivo de conquistar cuota de mercado.

Por consiguiente, no cuestiono la innovación. No cuestiono la digitalización. No cuestiono la mejora tecnológica de los servicios. Cuestiono que estos actores compitan bajo unas reglas con alfombra roja. Cuestiono que actividades sustentadas por autónomos deban enfrentarse a operadores respaldados por grandes fondos de inversión capaces de asumir pérdidas prolongadas para conquistar mercados.

El debate, por tanto, no es tecnología frente a tradición. El verdadero debate es si la innovación debe desarrollarse respetando las mismas reglas para todos los actores o si, por el contrario, puede utilizarse como instrumento para alterar unilateralmente las condiciones de competencia en beneficio de quienes disponen de mayores recursos económicos y financieros. Este es el dilema, donde el Poder Judicial se tendrá que pronunciar.

Cita: Si el poder público, cede dejando de marcar las reglas, el algoritmo es quien gobierna sin rendir cuentas. Manu Sánchez. (1244)

martes, 28 de abril de 2026

Art 357 - Tecnología, Movilidad y Transporte 1

 

Núm. 357 mayo 2026 - La Gaceta del Taxi

 

 

TECNOLOGIA, MOVILIDAD Y TRANSPORTE 1

 

Tras una década de irrupción de las StartUps en el sistema de movilidad urbana ¿quién manda en la movilidad urbana:  gobiernos o plataformas digitales?

El transporte de siempre ha sido una necesidad en la sociedad y mayormente en el actual siglo XXI, convirtiéndose en un elemento esencial para que millones de ciudadanos puedan desplazarse y llegar a sus puestos de trabajo, cumplir con sus compromisos sociales, realizar sus compras o disfrutar de su ocio. Aunque esta imperiosa necesidad ocasiona muchos problemas estructurales en los espacios públicos urbanos: atascos y la ineficiencia en la movilidad, pasando por la contaminación. Serios inconvenientes pendientes de resolver por las administraciones públicas competentes que no han logrado resolver de forma satisfactoria por sí mismas.

La ambición inversora capitalista, conocedora de esta situación a nivel mundial, introduciría el nuevo sistema (versión: invasión extractora político-económico), consiguiendo su primer propósito con la irrupción ejercida a través de las StartUps durante sus primeros años de vida. En su segunda fase, aplicaron la disrupción sin miramiento alguno, transformando el pasaje del transporte urbano que pudieran concluir en un pleno dominio y oligopolización digital en el sistema de movilidad urbana, tensionando los cimientos de la soberanía política para poder controlar de lo que antes era (política pública, planificación urbana y regulación económica). Por tanto, se podría decir que, tras más de una década controlan el comportamiento de millones de usuarios, lo que les otorga una gran influencia sobre la vida cotidiana de las personas y la economía en general. Un sistema oligopolígarca y tecnocrático del poder absoluto, donde estas plataformas disruptivas, no son tan solo transporte, son datos, son algoritmos y sobre todo economía digital, utilizando una herramienta que ha transformado radicalmente la movilidad, donde el vehículo físico es solo la interfaz de un sistema mucho más profundo que se ha hecho asimismo imprescindible para estas plataformas creando una sociedad cada vez más hiperconectada.

Por ello, la movilidad urbana ha dejado de ser únicamente un servicio público para convertirse en el nuevo escenario de disputa entre el poder institucional y las grandes plataformas digitales. En este contexto, la pregunta ya no es cómo se regula el transporte, sino quién tiene realmente la capacidad de definir sus reglas. El transporte ya no es solo movilidad: es poder. Y ese poder está cambiando de manos. Lo que durante décadas fue un ámbito regulado por las instituciones públicas, ha sido ocupado en apenas unos años por plataformas disruptivas, que han impuesto sus reglas aprovechando vacíos legales y la pasividad — o connivencia — de los gobiernos y, de sus instituciones públicas.

En las últimas décadas, en paralelo al crecimiento y consolidación del poder económico y social de las grandes empresas tecnológicas, hemos asistido a un prodigioso plan de marketing global financiado por las mismas tendente a presentarse a los ojos de la ciudadanía, con un rostro amable y benéfico. La ofensiva se ha realizado en todos los frentes posibles: promociones culturales, patrocinios deportivos, subvenciones sociales..., incluso se ha coqueteado con causas ecologistas.

Así pues, sin duda alguna, con la llegada de la innovación tecnológica (creación de nuevas tecnologías y su ecosistema anexo de aplicaciones disruptivas - StartUps), en paralelo circulaba la llamada innovación estratégica, que tuvo un fuerte impacto en diversos sectores, esto convertiría al sector del taxi en el siguiente sector en sufrir el impacto de la irrupción y posterior disrupción.

Una innovación estratégica que, eludiendo inicialmente las normativas existentes, alteraba la forma de competir en el mercado y las reglas de juego mediante el rediseño o creación de nuevos modelos de negocio de movilidad para reorganizar la oferta y la demanda de los servicios de transporte urbano e interurbano. Por tanto, no hablo de innovación inocente, sino de una estrategia de entrada en mercados regulados basada en la velocidad, la escala y la explotación de zonas grises normativas.

La rápida expansión mundial de las plataformas disruptivas potenciadas por sus inversores, se irían haciendo un hueco en la movilidad urbana del transporte de personas, gracias a la evolución de las redes peer-to-peer (p2p) y, de todo aquello que llevaba el apelativo “colaborativo”. Inicialmente, estas empresas se presentaron ante la sociedad como plataformas tecnológicas bajo el discurso de la “economía colaborativa”, con el lema de responsabilidad social corporativa, también llamada responsabilidad social empresarial, que puede definirse como la contribución activa y voluntaria al mejoramiento social, económico y ambiental por parte de las empresas, generalmente con el objetivo de mejorar su situación competitiva y valorativa, y con ello, su valor añadido.

A esta visión ponderativa de la gran empresa cabe contraponerle el resultado de las investigaciones críticas de infinidad de científicos sociales, que han puesto de manifiesto las variadas prácticas delictivas o inmorales en que puede incurrir este tipo de empresa, “supuesta: concertación de precios, espionaje industrial, patentes abusivas, obsolescencia programada de los productos, falsedad contable, evasión fiscal, blanqueo de dinero, contaminación de los ecosistemas, esquilmación de los recursos naturales, quiebras fraudulentas, sobornos a políticos, promoción de golpes de Estado..., etcétera”.

El Premio Nobel de Economía del 2001 Joseph E. Stiglitz, es conocido por su visión crítica de la globalización, el fundamentalismo de libre mercado, su defensa de la justicia social y la igualdad, y analista de los mercados con información asimétrica, sostiene que conforme sube el poder de mercado de los mastodontes corporativos, aumenta también la capacidad para influir en un sistema político donde manda el dinero. En resumidas cuentas, construyeron su expansión sobre un hecho incontestable: operar al margen o en los límites de la legalidad vigente.

Por consiguiente, no eran simples intermediarias tecnológicas, sino operadores de transporte que externalizaban la logística, los costes, eludiendo responsabilidades y erosionando normas legales en la búsqueda de condiciones ventajosas frente a sectores regulados, como el colectivo del sector del taxi (estructura basada en trabajadores autónomos). La supuesta innovación estratégica llevada a cabo por las megacorporaciones (plataformas disruptivas), solapadamente ocultaron su verdadera intención, la clave se encontraba en conquistar el mercado de la movilidad urbana introduciendo nuevos formatos digitales, como por ejemplo:  el ridersharing y el  ride hailing,  antes de que el legislador reaccionara.

En la actualidad, estas StartUps siguen aislando el pronunciamiento del Abogado General comunitario, que con fecha 20 de diciembre de 2017 en el Asunto C-434/15, las calificó como actividades de transporte en el preciso momento que interactuasen en el sistema de movilidad. Sin embargo, el postulado de las plataformas, siguen defendiendo la vaguedad acerca de la actividad que vienen realizando donde los organismos competentes les observan con perfil ancho. Por lo tanto, es probable que estas empresas como guardianes de los mercados digitales, con el poder de ejercer como legisladores privados, tienen un apetito insaciable y una tendencia al monopolio en su propio ADN, aumentando sus esfuerzos para proteger sus intereses y privilegios, ya sea a través de lobby, litigios legales o incluso mediante el desarrollo de estrategias para eludir regulaciones. Y todo, porque conocen muy bien que, en las actuales circunstancias, son conscientes de que los gobiernos ante el temor del creciente poder político y económico que están adquiriendo estas megacorporaciones, tal y como el FMI advierte, es necesario regular su poder a través de legislaciones más austera. Plantar cara a las “Big Tech no es tarea fácil y más aún, en las actuales circunstancias con la Inteligencia artificial (IA). Continuará….

Cita: La cuestión ya no es cómo convivir con estas plataformas, sino quién decide realmente las reglas del sistema. Manu Sánchez. Centésima entrega 27 de abril de 2026 (1249)

jueves, 26 de marzo de 2026

Art 356 - El largo camino de una idea 2

 

Núm. 356 abril 2026 - Gaceta del Taxi

 

El largo camino de una idea….2

Cómo crear una StartUp

 

En anteriores artículos, hice referencias de una manera muy generalista a las diferentes escalas de inversores, ahora pongo el foco en las StartUps. Los expertos comentan que, la parte más difícil de emprender una StartUp, es fundamentalmente, encontrar la financiación necesaria para poder apuntalar los primeros pasos hasta que el negocio sea solvente. Empezar una StartUp, es un momento muy emocionante y a su vez complicado para toda aquella persona o conjunto de personas emprendedoras, pues hay que tener en cuenta muchos factores que pueden jugar a favor o en contra.

El primer factor, se encuentra en los fondos iniciales, que no tienen que provenir del propietario de la empresa o de un préstamo bancario, ya que existen otros cauces y formas de aliviar parte de la tensión financiera y, aquí se puede abrir el horizonte del emprendedor pues tiene que saber o mejor conocer por dónde empezar y por supuesto a quien acudir en cada fase.  También aseguran, que lo primero que se debe tener en cuenta, es tener una idea clara de quiénes son los actores tecnológicos (los players o Big Tech) y cómo encontrarlos, pues no es lo mismo buscar el capital semilla para iniciar un proyecto, que buscar a un operador de capital riesgo que lo consolide y lo haga crecer.

Una vez identificados, hay que iniciar la aproximación en tres pasos: primero a través de la web, después participando en foros, y finalmente, viajar a la ciudad del emprendimiento tecnológico, ubicada en San Francisco (Silicon Valley). A partir de ese instante tendrás que intentar establecer un contacto personal en la búsqueda de inversión y, aquí he de decir, que debes tener un capital inicial de supervivencia, pues el coste medio mensual se estima en unos 8.000 dólares.

Es decir, en el supuesto caso, que te inclines por el desarrollo de una StartUp (pongamos como ejemplo para la movilidad urbana) pasa por distintas fases de financiación desde su creación hasta su consolidación. Hoy en día, un poco difícil de encontrar una posición en este mercado, pues las primeras StartUps de transporte y movilidad, están bastante bien situadas en el ámbito internacional, ya que, sus irrupciones y disrupción acaparan un porcentaje muy alto de la demanda a nivel internacional. Es decir, las consolidadas StartUps de los últimos diez años han sido capaces de crecer rápidamente, gracias a explotar vacíos legales, atajos y áreas grises a nivel legislativo, pudiendo de esta forma entrar en grandes mercados regulados.

Pero si crees, que en tu iniciativa aportas algo nuevo que la puede hacer diferente de las existentes para que los inversores apuesten por ti, debes de saber, que inicialmente la empresa necesita pasar por ciertas fases: primero, cuando surge la idea para convertirla en negocio y desarrollar su estructura, por tanto, las dos fuentes de ingresos principales de una StartUp al inicio de su creación, son mediante el capital exportado por sus fundadores (bootstrapping) y, (el equaty funding), que no es otra cosa que dar participaciones o acciones de la empresa a uno o varios inversores a cambio de dinero. Estos inversores pueden llegar de diferentes formas, como puede ser entre otras, la conocida 3F (Family Friends and Fools), los “Business Ángels y Fondos especiales”.  Una primera fase donde intervienen también “las aceleradoras que se encargan de poner a punto la StartUp para lanzarla al mercado interior, dando paso a la segunda fase donde se busca la obtención del capital semilla (fase seed) inversiones entre 1 y 5 millones de euros, que se destina al crecimiento, contratación de talento y generación de ingresos. Cuando la StartUp entra en la fase semilla ya tiene en su haber el producto terminado y un modelo de negocio definido y puesto en marcha en el mercado donde entran en juego el grueso de inversión de los “Business Ángels”, los Big Sur Ventures o, Cabiedes & Partners, así como préstamos participativos e instrumentos públicos.

Tras obtener el capital semilla, la StartUp se enfrenta al valle de la muerteo “valle del silencio”, que es un periodo de pérdidas antes de alcanzar el punto de equilibrio (break even), sin embargo, se sigue contando con la participación de las aceleradoras y los fondos especializados, y además entran en juego el grueso de los Business Ángels, que se involucran en el proyecto cuando empiezan a ver las primeras ventas repetitivas.

Superada la salida al mercado y con las primeras ventas de producto llevadas a cabo, “la StartUp” entra en su etapa de crecimiento, con el objetivo de optimizar operaciones y escalar ventas. Para ello, es necesaria la inyección de capital y nuevas inversiones. A partir de este momento, entran en juego “los fondos de capital riesgo emprendedor o venture capital”. Rondas de inversiones cerradas que se categorizan como Serie A (<1M€) destinada al crecimiento, contratación de talento y generación de ingresos, con inversiones entre 1 y 5 millones de euros. La Serie B (<3M€) que busca una inyección de capital mayor (5-20 millones de euros) para consolidar la empresa y expandir el negocio. La Serie C (<16M€) o Serie D (<20M€), según la cuantía, se destina a adquisiciones, desarrollo de nuevos productos y preparativos para una posible salida a Bolsa, con inversiones entre 20 y 250 millones de euros

En resumen, un emprendedor necesita de apoyo constante para ir alcanzando alturas de miras en el negocio tecnológico, siendo muy frecuente, que a medida que crece una StartUp respaldada por un Fondo de capital riesgo, la participación mayoritaria de su fundador se irá diluyendo por el creciente número de inversores. La visión de futuro que tenga su fundador también puede disminuir, si los miembros del Consejo de Administración no están de acuerdo, incluso pudiera llegar a su sustitución.

Para el sector del taxi, la lección es clara: detrás de cada StartUp hay una arquitectura financiera compleja, una estrategia jurídica definida y una presión constante por escalar. Analizar estos elementos nos permite entender mejor la competencia digital y por supuesto, anticiparnos a todos sus movimientos en un mercado donde la regulación del sector como servicio de interés público, dada la naturaleza de nuestra actividad, que nos obliga a garantizar un servicio de calidad para todos los usuarios, no discriminatorio y con una cobertura de prestación suficiente en todo el territorio. a mi entender, sigue siendo un factor determinante de supervivencia para defender y proteger nuestra posición. Continuará….

Cita: Es absurdo que la verdad genere tantos enemigos y la mentira tantos seguidores. (Anónimo) Nonagésima novena entrega 27 de marzo de 2026.