martes, 21 de julio de 2026

Art 360 El pacto silencioso, una gran alianza entre los Estados y las Big Tech

 

360 agosto 2026 - La Gaceta del Taxi

 

El pacto silencioso, una gran alianza entre

los Estados y las Big Tech

 

Los gobiernos se enfrentan a estructuras económicas transnacionales capaces de condicionar decisiones políticas, situación que los deja atrapados entre la necesidad de fomentar la IA para la competitividad económica y el miedo a perder el control soberano frente a las grandes tecnológicas.

El riesgo es evidente: que la dependencia estratégica de la IA, con el paso de los años, terminé otorgando a estas corporaciones un poder estructural difícil de limitar incluso para los propios Estados, al existir la posibilidad de concentrar un poder sin precedentes en manos de actores capaces de controlar datos, algoritmos, infraestructuras y decisiones automatizadas.

En este escenario, el nuevo pacto entre los Estados y las plataformas tecnológicas, se asume como una especie de intercambio tácito, siendo los gobiernos de los Estados Unidos y de China, quienes están impulsando políticas nacionales con un objetivo muy definido, para promover y potenciar el desarrollo de la inteligencia artificial (IA).  

En el caso de los EE.UU., la era Trump formalizó varios decretos u órdenes ejecutivas, con el objetivo en avanzar y adelantarse a China, potenciando todas aquellas empresas de origen estadounidense, tanto en semiconductores como en facilitar la exportación de los microchips y de los modelos de inteligencia artificial a naciones amigas de los Estados Unidos, por ejemplo, a naciones de la Unión Europea.

Según Alden Abbott, investigador principal en el Centro de la Universidad George Mason, tanto Estados Unidos como China, presentan enfoques contrapuestos. Los Estados Unidos, bajo su “fórmula secreta” con el plan de acción sobre IA, anunciado por la Casa Blanca,  pretenden lograr el poder global, adecuando un enfoque desregulador que impulse la innovación construyendo una infraestructura que pueda exportarse al extranjero, mientras que el plan del gobierno chino,  propone una organización global para la creación de consenso que busque un equilibrio entre el desarrollo de la IA y la seguridad, intentando regular la IA de forma interactiva y estricta (algoritmos, deepfakes) para asegurar que se alinee con los valores estatales y mantenga la seguridad nacional. Estas dos potencias, invierten extraordinarias cantidades económicas a sus megacorporaciones tecnológicas, porque temen más a que el rival domine la tecnología que, a los riesgos de la IA.

La carrera entre ambas potencias está impulsando el desarrollo sin regulación de herramientas revolucionarias como ChatGPT, que también amenazan con nuevos modelos de desinformación masiva.

Según Thomas L.Friedman columnista de opinión  del The New York Times, se entiende perfectamente las extraordinarias ventajas económicas, militares y de innovación que obtendría el país cuyas empresas alcancen primero la superinteligencia artificial. Y es por eso, que ni Estados Unidos ni China estarán dispuestos a imponer muchas restricciones, o ninguna, que puedan frenar sus industrias de IA y renunciar a las enormes ganancias de productividad, innovación y seguridad que se esperan de un despliegue más profundo.

En este nuevo escenario, el poder geopolítico ante el temor de la pérdida de soberanía informativa por la gran capacidad de las plataformas para reconfigurar el escenario político y social, parece asumir una especie de intercambio tácito: apoyo estratégico y margen de maniobra para las corporaciones digitales a cambio de obtener la supremacía tecnológica (computación, la nube, la ciberseguridad y la innovación militar). Entienden que, han tensionado los cimientos mismos de la soberanía política. Por consiguiente, los gobiernos ya no regulan en un terreno propio, sino en uno compartido con actores globales capaces de condicionar decisiones públicas, movilizar usuarios y reconfigurar mercados a su conveniencia.

Así, el poder deja de residir exclusivamente en las instituciones y se desplaza hacia plataformas que controlan datos, precios y flujos de movilidad. No es solo una cuestión de mercado, sino de quién define las reglas del juego. Y en ese escenario, la política ya no decide en solitario: negocia, cede o se adapta, evidenciando una pérdida progresiva de capacidad real para ordenar la economía en función del bien común.

Por tanto, esecambio de cromos” explicaría por qué muchas plataformas han podido expandirse tan rápidamente durante años consolidando su influencia económica y social, ampliando progresivamente su capacidad de intervención sobre actividades que antes estaban bajo mayor control público. Es decir, sobre sectores sensibles como pueden ser, en el área de la movilidad y el transporte, el comportamiento de la sociedad y su opinión, el trabajo, las decisiones automatizadas, la economía digital, los datos personales y el consumo, con regulaciones tardías, ambiguas o insuficientes.

Aunque, el verdadero riesgo no es únicamente tecnológico y económico sobre los mercados, sino esa pérdida de poder político, que dejen a los gobiernos atrapados en esa mezcla de dependencia, presión económica y dificultad regulatoria generada por las megacorporaciones y, donde el desarrollo de la IA termine consolidando un nuevo modelo de poder absoluto sustentado en algoritmos, automatización y control masivo de la información. No, quiero decir, que las empresas tecnológicas quieran dar un “golpe de Estado” tradicional, sino más bien, es la construcción en paralelen en la infraestructura sobre la cual los Estados funcionan.

Por consiguiente, el debate ya no gira únicamente en torno a la innovación o, a los beneficios económicos de la digitalización. La verdadera cuestión es determinar quién ejercerá el control efectivo sobre las infraestructuras, los datos y los algoritmos que definirán el funcionamiento de las sociedades del siglo XXI. Por eso, conciben que las alianzas con las megacorporaciones corporaciones, no es una carrera tan solo tecnológica, sino más bien, es una carrera espacial por obtener el poder mundial, porque de lo contrario, la inacción equivaldría a perder soberanía

En resumen, la IA ya no representa únicamente un avance tecnológico, representa la posibilidad de concentrar un poder sin precedentes en manos de actores capaces de controlar datos, algoritmos, infraestructuras y decisiones automatizadas. Nunca antes en la historia, unas corporaciones privadas habían acumulado tanta capacidad de influencia sobre la economía, la política y el comportamiento humano.

Por eso, la verdadera pregunta ya no es quién desarrollará la mejor inteligencia artificial, sino quién terminará gobernando a quién. ¿Serán los Estados quienes impongan las reglas a las plataformas, o serán las plataformas las que, gracias a su dominio tecnológico, condicionen cada vez más las decisiones de los propios Estados?

Posiblemente esa respuesta ya haya comenzado a escribirse.

Es mi opinión una opinión más. Continuará.

 

Cita: Mientras las megacorporaciones dictan las normas éticas de la IA, los Estados simplemente intentan copiarlas en sus leyes para facilitarlas el camino. Manu Sánchez Centésima tercera entrega (27 de julio del 2026) - (1061)