Núm. 352 enero 2026 - Gaceta del Taxi
EL PODER DE LAS GRANDES POTENCIAS DEL
MUNDO X
Algunos de vosotros podríais pensar que estoy en contra de la
tecnología, que desconfío de ella o que preferiría un mundo más lento,
analógico y desconectado. Nada más lejos de la realidad. “Mi opinión una
opinión más, es muy clara, apoyo el progreso tecnológico, excepto cuando se
utiliza como herramienta para destruir sectores tradicionales. Entiendo que, si
la tecnología está para quedarse, -como nos han ido inculcando-, también
entiendo que debería ser una herramienta útil para ayudar en esos avances a las
actividades profesionales (sector del taxi). Es decir, la tecnología, bien
entendida y bien utilizada, ha sido una de las mayores palancas de progreso de
nuestra historia reciente. Nos ha permitido comunicarnos mejor, aprender más
rápido y acceder a oportunidades que antes estaban reservadas a unos pocos.
Sin embargo, hemos
atravesado momentos especialmente muy duros, donde determinadas plataformas
digitales, esas que se autodenominan disruptivas, amparadas en discursos
engañosos y estrategias deliberadamente manipuladoras, atacaron nuestra
actividad con el único objetivo de dominar el ámbito de la movilidad con nuevos
modos de transporte. Por este motivo, no puedo, ni debo hablar bien de estas
aplicaciones “disruptivas”, porque conocemos perfectamente el camino que
siguieron y las prácticas que emplearon para alcanzar sus fines.
En artículos anteriores, señalé cómo la nueva economía digital
había generado un inmenso ecosistema formado por inversores globales — fondos
de alto riesgo, consultoras, venture capital, private
equity y entidades asesoras — alimentando a ciertas StartUp
en la búsqueda de irrumpir en sectores tradicionales regulados a los que poder
introducir la disrupción para provocar una competencia desleal abrasiva
contra nuestro sector.
Estos actores, que se autoproclaman motores de innovación, han
construido en realidad un modelo que desborda los marcos democráticos
tradicionales: un capitalismo digital sin fronteras que altera los cimientos de
sectores enteros, desestabiliza la competencia y erosiona derechos laborales y
sociales conquistados durante décadas. No respetan las normas legalmente
establecidas porque este nuevo sistema ya impone sus normas. Es decir, modelan
mercados enteros a su antojo y condicionan decisiones políticas que terminan
erosionando derechos sociales desmantelando progresivamente, los pilares de los
servicios del Estado del Bienestar.
La digitalización prometía progreso, eficiencia y
nuevas oportunidades. Sin
embargo, la realidad es que ha servido como excusa
para abrir mercados públicos —movilidad, vivienda, comunicación, transporte,
energía—, a corporaciones cuyo único objetivo
es la acumulación acelerada de riqueza. La “disrupción” no ha sido
tecnológica: ha sido político-económica. Por tanto, esta parte de la innovación tecnología no construyen futuro:
especulan con él.
En apenas veinticinco años, hemos pasado de un mundo analógico a
una hiperconectividad total: Internet, banda ancha, ordenadores
portátiles, smartphones, 5G, IoT, IA, realidad virtual,
administración electrónica… Este avance, incuestionable desde el punto
de vista científico, ha generado un nuevo poder global: la capacidad de
recolectar, almacenar, monetizar y manipular datos a escala masiva que están
fuera del alcance de las políticas económicas de cualquier Estado. Este
progreso a construido un nuevo campo de batalla económico en el que los oligopolios
digitales dominan datos, mercados, y decisiones sociales mediante
plataformas globales (StartUp), ya no son empresas tecnológicas, son
infraestructuras de poder privado
que entran a formar parte en la movilidad, la vivienda, la comunicación
digital, la logística, la publicidad, la IA, las relaciones sociales y, cada
vez más, los servicios públicos externalizados. Su objetivo no es competir,
sino convertirse en indispensables. Y cuando un actor privado controla un
servicio esencial, el poder democrático retrocede cediéndoles el espacio.
En todo este entramado, las plataformas digitales (StartUp)
han sustituido a los tradicionales estudios de mercado por algoritmos
que predicen comportamientos; han desplazado industrias enteras mediante
modelos de negocio que no dependen de la eficiencia productiva sino del control
del flujo de información. El valor ya no está en los servicios, sino en la
posición dominante. Las plataformas dejaron atrás los estudios clásicos de
mercado: ahora manejan millones de datos en tiempo real, anticipan
comportamientos y controlan, desde sus algoritmos, la relación entre usuarios,
precios y servicios. Y luego dicen: analistas, jurídicos, cronistas del mundo
periodístico ¿qué el sector del taxi tiene que competir, contra este poder?
Todas estas plataformas disruptivas (StartUp) que se
dedican a la centralización de la movilidad (aplicaciones por todos conocidas)
no solo se presentaron como innovación, sino que detrás de su careta simbolizan
la colonización de sectores públicos a través del capital financiero bajo la
apariencia de “modernización” o “movilidad inteligente”. Estas
plataformas no solo intermedian, por mucho que quieran situarse al amparo de la
Ley de los Servicios de la Información, sino que actúan como verdaderas empresas
operadoras del transporte, sin asumir obligaciones, fijando precios al
margen de los costes reales, imponiendo actividad mínima a sus empresas
aliadas, forzando al sistema legislativo en eliminar restricciones para poder
expandir flotas sin límites en la búsqueda de una economía de escala que
rentabilice el capital de los inversores y por supuesto aumente aún más su
poder digital, y por último juegan con su mejor baza que consiste en operar
desde matrices situadas en paraísos fiscales para que supuestamente puedan
eludir cualquier responsabilidad fiscal o laboral. Por tanto, no compiten:
colonizan mercados.
Las plataformas digitales han entendido mejor que nadie una cosa:
hoy el poder no se ejerce desde los parlamentos, sino desde el lobby.
Mientras los legisladores trabajan con ritmos del siglo XX, estas empresas
operan con la velocidad del siglo XXI. Su estrategia es clara: 1) presionan a
gobiernos para introducir su definición interesada de “economía
colaborativa”; 2) financian estudios académicos y consultoras para
legitimar su modelo de negocio; 3) capturan reguladores mediante técnicas de door
opening y puertas giratorias; 4) moldean el debate público mediante
campañas millonarias y, 5) amenazan con desinversión cuando una norma les
incomoda. El resultado es la subordinación progresiva del legislador a las
necesidades de los inversores. El ciudadano deja de ser sujeto de derechos y
pasa a ser un mero “usuario”.
Europa, intenta ahora compensar su demora generando un tsunami
normativo, a través de reglamentos y directivas, empezando desde el RGPD (Reglamento General de Protección de Datos) que es una norma fundamental de privacidad en
toda la UE; la LOPDGDD (Ley Orgánica de Protección de Datos y
Garantía de los Derechos Digitales) Ley española que desarrolla el RGPD y establece derechos
digitales específicos (intimidad, olvido, neutralidad de Internet); también
desarrollaron la LSSI-CE (Ley de Servicios de la Sociedad de la
Información y del Comercio Electrónico) que regula el comercio electrónico y los
servicios digitales; junto con la Ley de Servicios Digitales (DSA) y Ley de Mercados
Digitales (DMA) (UE) Normas recientes que regulan plataformas, intermediarios y
grandes tecnológicas; sin olvidarme del Reglamento de Inteligencia Artificial (IA) (UE) primera legislación integral sobre IA,
clasificando sistemas por riesgo, finalizando por el momento, con las Leyes de Ciberseguridad, como la Directiva NIS europea y transposiciones nacionales (Real
Decreto-ley 12/2018 en España) para la seguridad de redes. Todo un amplio arsenal de regulaciones donde Europa presume de “mejora
regulatoria” pero la realidad es otra: que, lejos de construir
soberanía digital, ha generado un laberinto burocrático que dificulta la
innovación europea mientras deja intacto el poder de los gigantes tecnológicos,
con normas extensas, técnicamente complejas, difíciles de entender incluso para
expertos.
Así, lo detallan varios indicadores que miden aspectos de la
gobernanza y la calidad regulatoria, como los Indicadores
Mundiales de Gobernanza (WGI) del Banco Mundial (que
incluyen "Calidad Regulatoria"), el European Quality of
Government Index (EQI) (enfocado en servicios públicos y corrupción)
y el Índice de
Complejidad Regulatoria (que analiza la
dificultad de las normas).
“El periódico libertad digital remarca el índice europeo de calidad regulatoria de Epicenter: de cuya conclusión se extrae que, son normativas cada vez más
extensas, farragosas, muy técnicas, opacas e incapaces de abordar los problemas
reales.
Europa presume de “Better Regulation”, pero aprueba leyes
que casi nadie entiende —y que las grandes tecnológicas sortean con facilidad
mediante departamentos legales que un autónomo o una PYME jamás podría pagar—.
El mercado queda liberalizado; el legislador, paralizado”. El resultado es una hiperregulación caótica que no ha
impedido que las plataformas pierdan un terreno que no es de su propiedad. Más
normas no significan más control, y el taxi lo sabe, donde a la fuerza asume
una competencia desleal legitimada por el propio marco institucional. Visto
este panorama en la esfera internacional, la UE. intenta recuperar protagonismo
tecnológico, pero lo hace desde una inferioridad estructural frente a gigantes
estadounidenses y asiáticos, porque mientras regula sin rumbo, escribiendo
páginas y páginas de leyes, las plataformas avanzan con rapidez empresarial y
músculo financiero. Los EE.UU. domina las plataformas, China la infraestructura
tecnológica y los inversores globales controlan sectores estratégicos europeos.
El viejo continente ya no fija las reglas: tan solo las interpreta. El taxi, es
un termómetro de este fenómeno: si Europa no es capaz de proteger un sector
esencial, como servicio público o actualmente de interés público general ¿cómo
va a proteger su soberanía digital?
Bajo mi punto de vista, las instituciones -europeos y
nacionales- han reaccionado tarde, ya que observan —cuando no
facilitan— el proceso mediante normativas ambiguas, confusas, vacíos regulatorios
y una incapacidad crónica para anticipar los efectos de las exigentes
desregulaciones. Y ahora, cuando el mercado ya está desequilibrado, fingen
escandalizarse. Demasiado tarde. Pienso que estos procesos legislativos tan
farragosos favorecen, en la práctica, a quienes cuentan con despachos jurídicos
millonarios y ejércitos de lobistas.
La conclusión a la que llego es clara: La competencia desleal disruptiva, la hemos sufrido económica y
psicológicamente en primera línea durante más de una década. Hechos que alguno
día tendrá que tener su resarcimiento del daño sufrido, reconocido por vía
judicial como sistema garantista de protección de actividades vulnerables,
porque la batalla es política, no tecnológica. La economía digital ha
forzado ciertas transferencias de poder: del Estado a las plataformas,
del ciudadano al algoritmo, de los sectores regulados a los
inversores globales. Europa está a tiempo de reaccionar, pero no
mediante más normativas opacas, sino mediante una política económica y digital
valiente, que recupere el control público frente a gigantes privados. Porque
si no se actúa, el futuro lo escribirán fondos de inversión que no votan, no
rinden cuentas y no tienen mayor interés que convertir cada aspecto de la vida
en un producto financiero. Y, cuando eso ocurre, la democracia deja de
ser un sistema político y se convierte en un mercadeo, donde me reservo añadir,
algún que otro adjetivo. Continuará… Feliz año 2026
Cita: Quizá
el verdadero avance no consista en tener más dispositivos, más aplicaciones o
más velocidad, sino en desarrollar una relación más consciente con la
tecnología. Una en la que vuelva a estar al servicio de las personas y no al
revés. Manu Sánchez. (1775)
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